“Un chirlo a tiempo”

Publicado por SOSMadre en Especiales de S.O.S.Madre el 01-04-2016

A veces es la violencia física, otras se trata de angustias del niño no reconocidas o consoladas, castigos más o menos cruentos, manipulaciones variopintas, más sofisticadas y “explicadas” cuando más alto se encuentra la familia en la escala social. A veces es la propia violencia materna, otras el no registro o el llano abandono del niño a la violencia o el abuso de otro, por parte de la madre. Este otro puede ser el padre, la empleada doméstica, un abuelo, la institución escolar.Cuando en la consulta -frente a los indicios- esto se explicita, se pone en palabras, se discrimina, se devela de su discurso, surgen básicamente tres actitudes de parte de la mujer:

  • Una suerte de “desconecte”. Claramente se observa el gesto de la mujer que ha dejado la máscara sentada en la silla, y ella se ha ido lejos para no escuchar que esa acción que acaba de relatar, es violenta para su hijo. Al “regreso” en general desmiente lo dicho un instante antes, o trata de explicar lo inexplicable, o responsabiliza al niño de la acción de los adultos, de ella misma o algún otro.
  • Otra reacción es la “naturalización”, como que así como la crianza incluye de por sí el dar de mamar al bebé, incluyera también el castigo cuando llega a niño. Esta naturalización del castigo va en general acompañada del relato de una tabla de “gradaciones”, más o menos intelectualizada, llegando incluso a “clases” de eso que se ha dado en llamar “búsqueda de límites” del niño. Siempre -eso si- dando por sentado que límite y algún modo de la violencia, serían casi sinónimos. Si el chirlo en la cola o si sólo el grito o el encierro en su habitación; si en la cara se pega o no, si el castigo sólo incluye “la quita” de supuestos beneficios o si por coerción aprende o no el niño.
  • Y existe un tercer grupo, que frente al señalamiento del acto violento -físico o psíquico-, rápidamente cae en la cuenta de ese ejercicio de poder autocrático de un adulto hacia el cuerpo y la psiquis de un niño y muchas veces se ve ella misma en sus propios sometimientos a otras violencias. Reacciona y pide ayuda para ella y su hijo o hija. Estas mujeres emprenden un trabajo consigo mismas que -llevado con compromiso- no tarda en dar frutos. Frutos que no sólo son que el niño deje de recibir el acto violento o el castigo, sino que la madre sentirá que empieza a poder disfrutar profunda y abiertamente de su maternidad.

Y todo comienza a tener otro sentido para la vida de ambos.

“Desde que me abstengo de pegarle, empecé a percibir el cosquilleo en la palma de las manos. Me di cuenta que eran ellas, y no lo que él hiciera, las que pedían la fuerza de ese contacto con su cuerpo que me daba la bofetada …”

“Cuando me frené antes de gritarle, pude -por primera vez- ver en su carita mi propio terror cuando mi madre se enojaba”

Esto puede llevar a la conciencia de la carencia de recursos para la crianza, y esto se puede aprender. O al recuerdo de los maltratos en la propia infancia y esto se debe elaborar; o a las frustraciones que se hacen recaer sobre el niño que no se puede defender, y esto se debe poner en su lugar; o …

Desmontar el mecanismo de violencia física o psiquica, no criar al niño por medio de la coerción y el castigo como sinónimo de “límite”, es como emprender el camino de aprender otra lengua, en nuestra sociedad. Una lengua donde se dicen otras cosas, desde otros lugares, que producen otros efectos. En el adulto y el niño. Un camino donde se llega a otro destino. Uno deseable y liberador para la mujer y el niño o niña, en un punto donde comparten un destino social común. Abandonar el poder del adulto en relación con el niño, y encarar una crianza donde la educación y la responsabilidad del adulto madre, enseñan otro límite, otra ley, al niño hijo. Un camino en un plano de igualdad ética entre el adulto y el niño. Eso, en última instancia, es la crianza de un hijo: la transmisión de una ética en las relaciones consigo mismo, con el otro y con el mundo.


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9 de abril – Carlos Fuentealba: Presente!

Publicado por SOSMadre en Especiales de S.O.S.Madre el 09-04-2007

Carlos Fuentealba

Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe hablar correctamente.

Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.

Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le deparará el secundario.

Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.

Lo saben sus padres.

Lo saben sus abuelos.

Lo sabe el tutor o encargado.

Lo saben los que no tienen estudios completos.

Lo sabe el repetidor.

Lo sabe el de mala conducta.

Lo sabe el que falta siempre.

Lo sabe el rateado.

Lo sabe el bochado.

Lo sabe hasta un analfabeto.

No se le pega a un maestro.

No se le puede pegar a un maestro.

A los maestros no se les pega.

Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos gobernadores.

Son unos burros.

No saben lo más primario.

Lo que saben es matar a un maestro.

Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.

Lo que saben es golpearlos con un palo.

Lo que saben es dispararles balas de goma.

A los maestros.

A maestros.

Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.

Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro dice o hace.

Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.

Pero no se le puede pegar a un maestro.

No se le pega a un maestro.

A los maestros no se les pega.

Y no lo saben porque son unos burros.

Y si no lo saben que lo aprendan.

Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.

Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.

Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe, se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o encargados, con o sin estudios completos:

Que no se le pega a un maestro.

No se le puede pegar a un maestro.

No debo pegarle a un maestro.

A los maestros no se les pega.

Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen, interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la cabeza: los maestros son sagrados.


Ante el brutal asesinato del maestro Carlos Fuentealba y la represión a los docentes de Neuquén y Salta, desde S.O.S. Madre expresamos todo nuestro repudio a este nuevo asesinato cometido en contra un trabajador, solidarizándonos con el dolor de su esposa e hijas.

Texto | Mex Urtizberea en El lector primario
Foto | Argenpress